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EL EXTRAÑO OFICIO DE EMPRENDER EN LA REPÚBLICA DOMINICANA

Redacción Noticias Pymes6 min de lectura

Opinión | Noticias Pymes

En República Dominicana todos admiramos al emprendedor. El problema comienza cuando decide emprender.

Se le celebra en los discursos. Se le invita a innovar, a formalizarse, a contratar empleados, a pagar impuestos, a digitalizarse y, si todavía conserva fuerzas, a exportar.

Le decimos que es el futuro de la economía.

Y quizás lo sea.

Pero pocas veces nos preguntamos cómo transcurre un martes cualquiera en la vida de ese futuro.

El pequeño empresario dominicano suele ser una criatura extraordinariamente versátil. A las ocho de la mañana es gerente general; a las nueve, vendedor; a las diez, encargado de cobros; antes del almuerzo probablemente haya hablado con el contador, contestado WhatsApp, perseguido una transferencia, resuelto el problema de un empleado y explicado por tercera vez a un cliente dónde queda el negocio.

Por la tarde será community manager.

Y por la noche, cuando finalmente cierre, posiblemente intente entender sus números.

No es una caricatura. Es, con variaciones, la vida cotidiana de una parte enorme del aparato productivo dominicano.

UN PAÍS DE PEQUEÑOS NEGOCIOS

Los números ayudan a dimensionarlo.

El Directorio y Demografía Empresarial Formal 2025 de la Oficina Nacional de Estadística contabilizó 125,715 empresas formales. Las micro, pequeñas y medianas representaban nada menos que el 98.7% de las unidades productivas incluidas en ese universo.

Otra medición, la ENMIPYMES, que abarca un universo más amplio que el directorio de empresas formales, estimó que las MIPYMES aportan aproximadamente 32% del PIB y generan 61.6% del empleo total, equivalente a unos 3.05 millones de ocupados.

Detrás de esas estadísticas hay salones, talleres, colmados, pequeñas constructoras, restaurantes, consultorios, tiendas, empresas familiares y miles de personas que un día hicieron algo aparentemente sencillo: decidieron trabajar por cuenta propia.

Y aquí aparece nuestra primera paradoja.

La economía dominicana necesita al pequeño empresario, pero ser pequeño continúa siendo caro.

EL IMPUESTO INVISIBLE DE SER PEQUEÑO

Una gran empresa puede tener un departamento financiero.

La pequeña tiene a María.

Una gran empresa puede tener abogados, especialistas tributarios, tecnología, recursos humanos, mercadeo y sistemas.

El emprendedor tiene un celular con 37 conversaciones de WhatsApp sin contestar.

Y, sin embargo, ambos deben desenvolverse dentro de muchas de las mismas instituciones y comprender obligaciones que no necesariamente disminuyen en complejidad proporcionalmente al tamaño del negocio.

Este es uno de los grandes problemas que rara vez aparece correctamente reflejado en una hoja de Excel: el costo de la complejidad.

Cada hora que el dueño de una microempresa dedica a entender un procedimiento que podría ser sencillo es una hora que no dedica a vender, innovar o atender a un cliente.

Para una corporación es administración.

Para el pequeño empresario puede ser producción perdida.

LUEGO ESTÁ EL DINERO

Todo emprendimiento descubre bastante rápido una verdad menos romántica que las fotografías de LinkedIn:

Una buena idea y un buen negocio no son necesariamente la misma cosa.

Hace falta capital.

Hace falta flujo de caja.

Y hace falta sobrevivir suficiente tiempo para que los ingresos alcancen a los gastos.

El pequeño empresario suele comprar hoy, vender mañana y cobrar pasado mañana —cuando tiene suerte— mientras muchas de sus obligaciones llegan puntualmente.

Por eso el acceso al financiamiento productivo sigue siendo fundamental.

La ENMIPYMES también revela otra contradicción interesante: existe disposición empresarial para utilizar financiamiento como herramienta de crecimiento, pero persisten obstáculos estructurales que dificultan el desarrollo de estas empresas.

El estudio identifica, entre otros problemas, altos costos de servicios, inseguridad, competencia desleal, corrupción y barreras burocráticas.

El crédito, por sí solo, no arregla eso.

Porque endeudarse para crecer es una cosa.

Endeudarse para sobrevivir es otra muy distinta.

LA INFORMALIDAD: CAUSA Y CONSECUENCIA

Aquí llegamos quizás al elefante sentado tranquilamente en medio del salón.

La ENMIPYMES estimó una informalidad de 85.2% dentro del universo estudiado.

Es fácil mirar esa cifra y concluir que al dominicano simplemente no le gusta formalizarse.

Es una explicación cómoda.

Quizás demasiado cómoda.

Habría que preguntarse también por qué tantos pequeños negocios permanecen fuera de la formalidad.

Formalizar una empresa debería sentirse como entrar por la puerta principal de la economía: acceder a financiamiento, mercados, tecnología, protección jurídica y oportunidades.

Si el emprendedor percibe principalmente obligaciones y pocos beneficios inmediatos, tendremos un problema de incentivos además de uno cultural.

La solución, por supuesto, no puede ser renunciar a la formalización.

Debe ser exactamente la contraria:

Hacer que ser formal valga la pena.

Y AHORA TIENE QUE SER DIGITAL

Como si administrar un pequeño negocio no fuese suficiente, apareció otra obligación que no está escrita en ninguna ley pero que el mercado impone con bastante eficacia.

Hay que existir digitalmente.

El consumidor busca en Google.

Pregunta a una inteligencia artificial.

Compara desde el teléfono.

Mira Instagram.

Lee reseñas.

Escribe por WhatsApp.

Y decide.

Una empresa puede tener veinte años funcionando perfectamente en una avenida de Santo Domingo y descubrir que, para una nueva generación de consumidores, prácticamente no existe si no puede ser encontrada desde una pantalla.

Eso coloca al pequeño empresario ante una nueva brecha.

No basta con saber fabricar muebles, vender seguros, preparar comida, reparar vehículos o administrar una tienda.

Ahora también debe entender de páginas web, redes sociales, pagos digitales, posicionamiento en buscadores, analítica, automatización y, más recientemente, inteligencia artificial.

El empresario grande contrata especialistas.

El pequeño vuelve a sacar el celular.

PERO ALGO ESTÁ CAMBIANDO

Sería injusto contar solamente la mitad pesimista de esta historia.

La economía dominicana continúa mostrando capacidad de crecimiento.

Y la tecnología que amenaza con ampliar algunas brechas también puede reducir otras.

Hoy una pequeña empresa tiene acceso a herramientas que hace apenas una década habrían requerido departamentos completos.

Puede construir presencia digital con costos mucho menores.

Puede automatizar tareas.

Puede cobrar electrónicamente.

Puede utilizar inteligencia artificial.

Puede analizar información.

Puede vender más allá de su barrio.

Puede parecer pequeña en nómina y extraordinariamente grande frente al cliente.

Ese quizás sea uno de los fenómenos empresariales más interesantes de nuestra época.

EL PROBLEMA NO ES QUE FALTEN EMPRENDEDORES

Los dominicanos hemos demostrado sobradamente nuestra capacidad para buscarle la vuelta a las cosas.

Quizás el desafío de los próximos años sea dejar de pedirle al emprendedor que sea un héroe.

Un país no debería necesitar empresarios heroicos.

Debería necesitar buenos empresarios operando dentro de un buen sistema.

La política pública tiene que continuar reduciendo burocracia y facilitando formalización, financiamiento y capacitación.

El sistema financiero debe seguir encontrando mejores maneras de comprender el riesgo de los pequeños negocios.

Las grandes empresas pueden integrar más Pymes a sus cadenas de valor.

Y la tecnología debe convertirse en un instrumento de productividad, no en otra barrera.

Hay una cifra particularmente reveladora: 68.6% de las MIPYMES consultadas en la ENMIPYMES expresó necesidad de formación y asesoría relacionada con su actividad económica.

Eso significa que detrás de muchas pequeñas empresas no falta voluntad.

Faltan herramientas.

UNA ÚLTIMA PARADOJA

Decimos con frecuencia que las Pymes son “la columna vertebral de la economía”.

La frase aparece en conferencias, discursos y documentos.

Tal vez hemos llegado al momento de preguntarnos algo más incómodo:

¿Y quién cuida la columna vertebral?

Porque detrás de cada pequeña empresa que logra sobrevivir hay algo que las estadísticas difícilmente pueden medir: alguien arriesgó sus ahorros, su tiempo, su reputación y muchas noches de sueño porque creyó que podía construir algo.

Algunas cerrarán.

Otras permanecerán pequeñas.

Y unas cuantas se convertirán en las grandes empresas dominicanas de mañana.

Nuestra responsabilidad como sociedad no consiste en garantizar que tengan éxito.

Eso sería imposible.

Consiste en procurar que fracasar o triunfar dependa cada vez más de la calidad de su idea, de su trabajo y de sus decisiones, y cada vez menos de su capacidad para sobrevivir a obstáculos que nunca debieron formar parte del oficio de emprender.

Porque emprender ya es suficientemente difícil.

No tenemos por qué hacerlo más difícil todavía.

Fuentes consultadas

  • FUENTES DE DATOS
  • Oficina Nacional de Estadística (ONE), Directorio y Demografía Empresarial Formal 2025.
  • Banco Central de la República Dominicana, ENMIPYMES y estadísticas económicas oficiales.
  • Los juicios, interpretaciones y conclusiones expresados en este artículo corresponden a una columna de opinión.
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